La Oración

 


📖🖊 Devocional para Hoy, Lunes 26 de Abril, 2021, No. 1143
        “La Oración”
         Por: Dr. CF Jara

Leer: 1 Tesalonicenses 1
«Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.» (Marcos 1:35)

En el devocional de hoy estudiamos la importancia de la oración a través de dar respuestas a las preguntas más comunes que los creyentes hacen acerca de este vital tema. ¿Qué significa “orar”? ¿Por qué los profetas, apóstoles y el mismo Jesûs insistieron tanto en que el pueblo creyente debería tener una vida de constante oración ¿Qué hora es la recomendada para buscar en oración al Creador?

¿QUÉ ES ORACIÓN?
La palabra “orar” viene de dos voces griegas:
1) “πρός” (pros) que significa intercambiar, moverse hacia adelante para interactuar con alguien" (literalmente, moverse hacia una meta o destino). Este término es el No. 4314 en el Interlineal Griego; y
2) “εὔχομαι” (euxomai) que significa desear, hacer un pedido, orar, intercambiar deseos, interactuar con el Señor cambiando los deseos humanos por Sus deseos mientras Él nos imparte fe. Es término es el No. 2172 en el Interlineal Griego.

En consecuencia, la oración “προσεύχομαι” (proseuchomai), es el acto voluntario donde el creyente se acerca a Dios para hacerle un pedido, pero al mismo tiempo, para escuchar el pedido que el Señor tiene para él, porque Dios tiene un propósito para cada uno de Sus hijos, tal como se lee en Jeremías 29:11 «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.»

Es por esta razón que la oración está estrechamente relacionada con la fe, porque para orar, buscamos un sitio solitario, donde de pie, sentados, o postrados de rodillas, cerramos los ojos, levantamos las manos y abrimos nuestras bocas dejando salir los deseos mas profundos de nuestro corazón, de forma honesta, sincera, sin esconder nada. Y como si literalmente estuviéramos en la presencia de Dios, relajamos todo nuestro ser como si nos dejáramos caer en los brazos del Señor, lo cual produce una poderosa sensación de paz y confianza de que todo va a estar bien.

Si alguna persona no creyente entrara a aquel lugar y mirara al que está en oración, diría que parecería que está conversando, pero que no puede ver con quien. La oración es el estado cumbre de la fe, pues, aunque Dios no es visible ni tocable, la fe nos acerca a Êl como si Dios estuviese ahí, tan cerca de nosotros que, aunque no lo veamos, Êl si nos ve y nos puede tocar y lo podemos sentir como si literalmente estaría abrazándonos, consolándonos, haciéndonos sentir Su amor tan puro, sanador, y vivificador.

Algún experto en psicología, hipnosis o meditación yoga o trascendental podría decir que el que ora entra en un trance donde auto manipula su mente para inducir esa sensación, sugestiona a su mente hacia un estado almático predeterminado. De hecho, ese es el mecanismo de un tratamiento mental. Sin embargo, en el fondo, la mente nunca podrá ser engañada en cuanto a qué es verdad y qué es sugestión. El resultado de una meditación o sesión psicológica comienza a desvanecerse tan pronto termina la sesión, mientras que los resultados de orar, como la sensación de paz, confianza y seguridad aumentan conforme avanza la vida. ¿Cuál es la razón para esto? Pues que, en la oración, que es entrar en contacto con Dios, el primer beneficio que recibimos es que nuestra fe es aumentada por el Señor. Y tan solo un poco de fe puede mover montañas.

EL EJEMPLO DE JESÛS
De acuerdo a los peritos bíblicos, Jesûs pasó más tiempo orando que interactuando con los miles de enfermos, poseídos y desposeídos que lo seguían. Incluso, el texto relata varios pasajes donde el divino Maestro evadió a propósito a la muchedumbre para irse a orar. Era como cuando la sensación de hambre le invade a una persona, ésta deja lo que esta haciendo y va en busca de alimento, y una vez saciada su hambre, regresa a continuar con su tarea. Así mismo, Jesûs, aun percibiendo la necesidad terrible en aquellos, aun sabiendo que tenía el poder para hacer los milagros, salía en busca del lugar donde encontrarse a solas con su amado Abba. Lucas 5:16 relata el caso cuando, después de sanar a un leproso y mientras la gente lo buscaba, «Jesûs se apartaba a lugares desiertos, y oraba.» En otra ocasión, mientras los discípulos iban en la barca, luego de despedir a la multitud, «Jesûs se fue al monte a orar»” (Marcos 6:46).

Pero el Señor también oraba durante circunstancias especiales, como en las celebraciones cuando se reunía con sus primos Lázaro, Martha y María, así como en la última cena cuando oró al Padre delante de sus discípulos (Juan 17:1-26). Y aunque en la cruz dijo solo frases cortas, aparentemente aisladas, sin embargo, eso es lo que orar significa precisamente, decir frases que incluyan un pedido, sea para aquel que ora o para otro incluyendo la justificación para ese pedido. Por ejemplo, la frase «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34) es una oración, corta pero completa: es elevada a Dios, intercede por los centuriones y justifica su mala obra.

Una oración también puede incluir nuestro estado de ánimo, como en el caso cuando Jesûs expresó con sinceridad lo que Su alma sentía: «¿Elí, Elí, lema sabactani? ¿Padre mío, por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46) o cuando, en medio de un dolor terrible provocado por el colapso de todos Sus órganos, decía segundos antes de expirar: «Padre mío, en Tus manos encomiendo mi Espíritu» (Lucas 23:46)

Pero hay un elemento vital que debemos incluir en todas nuestras oraciones: entregar nuestros deseos a la soberanía del Dios Todopoderoso para que haga en nuestras vidas conforme a Su voluntad. Esto lo vemos en la oración de Jesûs en el huerto de Getsemaní la noche que fue apresado. El Señor sabía lo terrible que se venía sobre Su vida humana: la tortura y vejámenes durante toda esa noche y madrugada, luego los 39 azotes, todo el camino del Calvario, la crucifixión y Su agonía y muerte en la cruz. Minutos antes de Su arresto, y en medio de una excruciante angustia que le provocó incluso sudar agua y sangre, Jesûs suplicó a Su Padre eterno: «Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.» (Marcos 14:36).

POR QUÉ DEBEMOS ORAR
Cuando oramos, disfrutamos de la comunión con nuestro Creador, como cuando nos encontramos con un familiar o amigo muy querido, corremos al encuentro con el ansiado abrazo y lo buscamos, porque en ese contacto sentimos que revivimos.

Cuando oramos, somos quienes en realidad somos porque dejamos salir al verdadero yo; ante el Padre Eterno no podemos ni necesitamos fingir, mentir, o escondernos, porque, así como el amigo, el Señor nos conoce bien, sabe nuestros secretos, nuestras debilidades, y aun así sentimos que nos ama.

Cuando oramos nos sentimos libres, porque al entrar en contacto con nuestro Creador, todas las cadenas que el cazador ha cerrado en nuestra contra se rompen, caen al piso hechas polvo, se despedazan, no existe más acusación, culpa o condena, porque el sacrificio de nuestro amado Salvador triunfa de nuevo y por Êl somos libertados.

Y cuando oramos, Jesucristo nos llena con Su paz que sobrepasa todo entendimiento, en Êl vencemos a los gigantes que se han parado en nuestro camino, pero sobre todo, cada célula de nuestro ser se llena de la fe que viene del corazón de Dios, la fe que nos hace grandes, fuertes, victoriosos, pero también humildes al máximo, porque nos hace capaces de postrarnos hasta el polvo, y con nuestro rostro en el piso podemos decir, “…pero Señor, que se haga Tu voluntad, no la mía…”

A QUÉ HORA DEBEMOS ORAR
El apóstol Pablo dice en 1 de Tesalonicenses 5:16-18 que "debemos orar a toda hora, sin descanso, dando gracias por todo, por los pétalos, pero también por las espinas, porque esa es la voluntad perfecta del Padre; para tener encendido el Espíritu y para estar listos cuando las profecías se cumplan; para estudiar y entender la Palabra y para resistir al pecado."

Durante Su ministerio terrenal, Jesûs oró varias veces al día, pero también en la noche. De hecho, el relato bíblico evidencia que la hora favorita del Maestro para orar era en la madrugada. En el calendario Hebreo, el día no empieza a la salida del sol, sino al contrario, a la puesta, es decir, a las 6 de la tarde. Seis horas después, es decir, a la medianoche, Dios le permite al mal caminar por la tierra durante 3 horas, es decir, de 12am a 3am. Es por ello que la mayoría de las muertes, accidentes o hechos de sangre, pero también los pecados y transgresiones ocurren en esas tres horas.

Entonces, a las 3am entra Aquel que derrotó a la muerte, y camina por el mundo salvando y restaurando vidas, pero también, escucha y visita a aquellos que levantan sus clamores en oración, pues el Señor sabe que aquellos dejaron sus camas y el placer del sueño y decidieron postrarse a esa hora en adoración de Aquel que fue, que es y que será.

Μαρανάθα, Ιησούς έρχεται σύντομα.
Maranatha, Jesûs viene pronto.


"Îshu-nejar, Jesús, la Luz del mundo" 
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