"Mi testimonio"

Miércoles 17 de Agosto, 2016.

Nuestro Pan Diario
“Mi testimonio”
(Por CF Jara)

Leer: 2 Timoteo 4:7-8
«…..He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.» 2 Timoteo 4:7

La Biblia en un año: Romanos 12

El Sábado 13 de Agosto de 2016, desfilaba por el estrado de los graduados en la Indiana Wesleyan University, para recibir mi diploma en Maestría en Divinidades y Ministerio. Mi tránsito por el largo y duro camino de 3 años llegaba a su fin con éxito total, pues no solo que obtenía mi diploma, sino que lo hacía con un promedio de excelencia: 3.83/4 (Magna Cum Laude), pero también y sobre todo, mi Esposa y mis dos Hijos fueron testigos presenciales del logro académico más importante de toda mi vida.

Sin embargo y exactamente 20 años atrás, en Agosto de 1996, mi situación personal era completamente opuesta, pensaba que yo no valía nada y que no merecía vivir. ¿La razón? Había fracasado como profesional y por lo tanto, como esposo y padre. A pesar de haber alcanzado el reconocimiento de estar entre los 20 ejecutivos jóvenes más promisorios en el Ecuador (Revista “15 Días”, edición de Mayo 1992), todos los logros resultantes de 15 años de trabajo se desvanecieron de un momento a otro, como el agua cuando escapa entre los dedos. Es que mientras de día trabajaba arduamente, en la noche llevaba una doble vida de pecado, fornicación, adulterio y vicio, que me condujeron a ese estado de culpabilidad y depresión progresivo.

Pero en una de las noches de Agosto de aquel año, en medio de mi desesperanza levanté mi clamor a Dios, y Él me oyó. “Sácame de aquí” le pedí. Tres meses más tarde aterrizaba en New York, con dos maletas de ropa usada, 5 dólares en el bolsillo y el pensamiento de quitarme la vida en cuanto tuviera la oportunidad. Más a Dios le plació concederme no solo la vida terrenal, sino la vida eterna, pues dos años más tarde, el 29 de Enero de 1999, yo recibía a Jesús como mi Señor y mi Salvador en la iglesia Presbiteriana de Flushing, NY y mi vida cambió para siempre. Dios metió Su mano poderosa para remover y romper todas las ataduras, nudos y cadenas y darme libertad.

Desde esa fecha hasta el día de hoy, Dios me ha mostrado tanto Su amor inmensurable, Su misericordia infinita, así como las grandes y maravillosas cosas: me salvó de morir en el WTC el 11 de Septiembre del 2001; me levantó del quirófano en Chicago, cuando luego de un accidente, esperaba a ser operado de la columna vertebral con el diagnóstico de quedarme inválido de por vida, sin embargo hoy camino, corro, nado y por supuesto, danzo para Él; me levantó de la postración espiritual en la que caí luego del divorcio de mi primer matrimonio, lavó y curó mi heridas; me restauró, me dio la capacidad de perdonar y me prosperó; me llevó a la Tierra Santa, el viaje añorado por todo cristiano y donde conocí a mi actual Esposa; me entregó el ministerio pionero de predicar Su Palabra a través del internet; y me abrió todas las puertas para hacer esta Maestría, y a pesar de todas las luchas terribles que enfrenté, me dio la fe, la fortaleza y la sabiduría suficientes para culminar con todo el éxito posible. A esta hora puedo decir «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.» (2 Timoteo 4:7) Gloria a Dios.

Y por la gracia que Dios ha derramado abundantemente en mi vida, quiero a esta hora elevar mi oración humilde y ferviente por todas aquellas personas que fueron protagonistas en mi vida en estos últimos 20 años, unos muy cercanos, otros no, unos para bien y otros no tanto, sin embargo, oro por todos, para que el mismo Dios que escuchó mi clamor desesperado, escuche los clamores de todas estas personas, donde quiera que estén, y que Dios meta Su mano poderosa y les cambie la vida para siempre, a todos aquellos que lo busquen en espíritu y en verdad.

YHWH es el Dios justo, pero por sobre todo, escucha el clamor de Sus hijos. Todos somos Sus hijos, no importa la raza, el idioma, el color de la piel, las creencias, el lenguaje, etc. Es una verdad del tamaño del universo que si levantamos nuestros ojos al cielo y clamamos desde el fondo de nuestro corazón, Él nos responderá. Yo me presento humildemente como un testimonio de ello.

Una vez terminada la carrera en la que el Señor nos ha puesto, entonces podremos decir: «Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.» (2 Timoteo 4:8)

La gloria es de Cristo Jesús, por siempre y para siempre.

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